More Than a Refuge: What Animal Sanctuaries Teach

Más que un refugio: lo que enseñan los santuarios de animales

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El propósito evidente de un refugio es acoger. Los animales llegan de lugares donde se les hacía daño, y hay personas que los cuidan. Solo eso ya justificaría el trabajo, y en la mayoría de los santuarios es en lo que se va el día.

Pero hay una segunda función, menos evidente y probablemente de mayor alcance: un santuario enseña. No de forma accidental, como subproducto de visitantes que pasean por él, sino por diseño — y enseña varias cosas que son difíciles de enseñar en cualquier otro sitio. De eso trata este artículo, que se apoya en un marco planteado por el educador catalán Joan Rodríguez, cuyo modelo de lo que debería ser una institución animal del siglo XXI sigue siendo la exposición más clara que conocemos.

Un animal rescatado en un santuario de animales, mirando directamente a la cámara


Lo que el cautiverio enseña sin querer

Conviene empezar por el contraejemplo, porque la mayoría conocimos a los llamados animales salvajes por primera vez en un zoo.

Jane Goodall planteó el problema con sencillez: un animal sentado en una jaula pequeña sin nada que hacer no puede mostrar su personalidad, lo que convierte al zoo convencional en un mal modelo educativo para los niños. La filósofa Marta Tafalla va más allá, y su formulación es difícil de olvidar: nuestra civilización nos enseña desde la infancia a sentir aversión por la libertad, y por eso las escuelas llevan a los niños a ver jaulas, para que acaben creyendo que las jaulas son hogares.

Hay además un problema estrictamente científico. La etología estudia el comportamiento animal en los propios términos del animal y en su propio entorno; en los recintos, lo que se puede observar es en gran medida simple, estereotipado y repetitivo. Rodríguez pone un buen ejemplo. Una ardilla criada en una jaula seguirá sabiendo abrir una nuez — eso es innato —, pero nunca mejorará. Una ardilla criada en su propio ecosistema mejora con el tiempo, porque otras le enseñan cómo. Si quitas el entorno, no solo has empobrecido al animal: has falseado la lección.

Si quitas el entorno, no solo has empobrecido al animal. Has falseado la lección.


Lo primero que enseña un santuario: el individuo

Este es el giro conceptual que lo cambia todo, y es más pequeño de lo que parece.

Las instituciones animales convencionales educan sobre especies y ecosistemas. Sus protagonistas son el tigre, el elefante, el arrecife de coral. Sobre lo que no educan es sobre el animal individual — este, el que tienes delante, con una historia y unos intereses propios. En el modelo de Rodríguez, el protagonista es precisamente ese: el individuo, sus intereses y su bienestar.

CONVENCIONALel protagonista esla especie«el cerdo»una categoría que puedesmantener a distanciaSANTUARIOel protagonista esel individuo«esta. Se llama…»alguien a quien no puedesmantener a distancia

El giro conceptual en el centro del modelo de Rodríguez: cambia el protagonista de la lección.

Los santuarios lo hacen casi de forma automática, porque así están construidos. Los animales tienen nombre y biografía; fueron rescatados de un lugar concreto; el equipo puede decirte quién es amigo de quién. Farm Sanctuary, que lleva décadas desarrollando programas de educación humanitaria, describe el núcleo de su método como presentar a un estudiante una vaca, un cerdo o una gallina concretos — aprender un nombre, sostener una mirada, escuchar una historia. Suena sentimental hasta que te fijas en lo que consigue: vuelve imposible la abstracción. Una categoría puedes mantenerla a distancia. A alguien que tiene nombre, no.

Y el criterio de quién cuenta no es la inteligencia. Esto importa, porque tendemos a clasificar a los animales según cuánto se parezcan sus mentes a las nuestras. La pregunta relevante es la capacidad de tener experiencias — de ser dañado de un modo que se siente. La Declaración de Cambridge sobre la Conciencia estableció que la ausencia de neocorteza no impide a un organismo experimentar estados afectivos; la evidencia se extiende hoy a los peces. Un interés, en este marco, es simplemente lo que es beneficioso para alguien. Los animales tienen interés, por ejemplo, en no sufrir, y ese interés no les exige aprobar antes un examen de razonamiento — como tampoco nos lo exige a nosotros.


Lo segundo: que cuidar es una forma de pensar

Hay una etimología que vale la pena conocer. El verbo cuidar, en catalán y en castellano, desciende del latín cōgitare: pensar. Cuidar procede, literalmente, de pensar — una corrección útil a la suposición de que lo uno sea la versión blanda de lo otro.

La ética del cuidado, formulada por Carol Gilligan frente al modelo abstracto de desarrollo moral basado en la justicia que la precedió, describe la vida moral como la respuesta a las necesidades de un individuo que no puede satisfacerlas solo. Su rasgo característico es la atención al detalle: las cosas pequeñas, los gestos minúsculos, que al final son lo que hace llevadera una vida. Un santuario funciona exactamente así. Pautas de alimentación, ayudas para la movilidad, calendarios de medicación, saber qué animal no puede convivir con cuál. No es una filosofía de grandes principios. Es una filosofía del martes por la mañana.

La objeción habitual es que una ética así es localista — que si la moral nace de las relaciones, solo llegará a quienes conocemos por casualidad, lo que dejaría fuera a la mayoría de los animales. Teóricas como Josephine Donovan, Carol Adams y Grace Clement la han respondido de forma convincente. No podemos ser agentes de cuidado, argumenta Donovan, si somos incapaces de preocuparnos por los intereses de seres que sabemos que sufren. Y la lectura localista se derrumba por su propia lógica: tampoco tenemos relación personal con la inmensa mayoría de la humanidad, y nadie concluye de ello que sea aceptable abandonarla.

La filósofa Angélica Velasco Sesma describe el cambio como el paso de una relación arrogante con el mundo no humano a una relación afectiva — y sostiene que eso es lo que hace posible la ampliación de la ética. Hemos escrito más sobre cómo saber y cuidar dependen el uno del otro en nuestro artículo sobre la mente animal y lo que les debemos a los animales.


Lo tercero: la toma de perspectiva, como habilidad

La educación humanitaria tiene una definición de trabajo más exigente que su reputación. La Academy of Prosocial Learning la describe como una pedagogía que fomenta el crecimiento cognitivo, afectivo y conductual mediante el pensamiento crítico, la resolución de problemas, la toma de perspectiva y la empatía — en relación con las personas, los animales, el planeta y las conexiones entre ellos.

Fíjate en lo que ocupa el centro de esa lista. La toma de perspectiva es una habilidad, y como toda habilidad se puede practicar o dejar que se atrofie. Es también, no por casualidad, el lema elegido este año para el Día Mundial de los Animales: Ver el mundo a través de sus ojos — sobre el que escribimos aquí.

El Open Sanctuary Project añade que este tipo de enseñanza hace algo más que transmitir conocimientos: da a quien aprende una manera de averiguar qué valora de verdad y de actuar después en coherencia con ello. Es un objetivo educativo distinto de recordar que un cerdo tiene cuarenta y cuatro dientes, y un santuario es un terreno excepcionalmente bueno para él.


Lo cuarto, y lo menos comentado: el santuario llega a quien el aula no alcanza

Rodríguez era especialista en educación inclusiva, y aquí es donde su marco hace algo que la mayoría de lo escrito sobre santuarios no hace.

El Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA) parte de una afirmación que suena obvia y que se ignora sistemáticamente: las barreras para el aprendizaje no son inherentes a las capacidades de quien aprende, sino sobre todo a materiales y métodos de enseñanza rígidos. Si un niño no puede acceder a una lección impartida como texto, sentado quieto, en un único registro, el problema está en el diseño.

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Un santuario tiene más de una puerta hacia la misma lección. Un libro de texto tiene una.

Un santuario es casi lo contrario de ese diseño. Es multisensorial, corporal y sin prisa; se puede entrar en él por el sonido, el olor, el movimiento, el tacto o el relato en lugar de por la lectura; acoge ritmos muy distintos a la vez. Para quienes aprenden con diferencias sensoriales o de comunicación, con perfiles de atención que el aula castiga, o con una primera lengua distinta de la de enseñanza, eso no es un extra agradable. Puede marcar la diferencia entre que te enseñen y que de verdad te lleguen.


¿Funciona algo de esto?

Sería mala práctica defender una pedagogía basada en la evidencia y luego saltarse la evidencia.

La investigación sobre la experiencia de los visitantes ha encontrado que los encuentros inmersivos pueden inspirar cambios reales de conducta hacia los animales y los ecosistemas, y — esto es importante — que esos cambios se asocian a programas deliberados de educación moral y no a la visita por sí sola. Dicho de otro modo: el lugar es necesario, pero no suficiente. Lo que se enseña en él, y cómo, es lo que hace el trabajo.

La salvedad honesta es que el campo es más escaso de lo que debería. La educación humanitaria estuvo muy extendida a finales del siglo XIX y principios del XX y se fue apagando después, en gran parte porque se hizo muy poca investigación empírica para demostrar que funcionaba — no porque la investigación mostrara que no funcionaba. Los programas actuales declaran un alcance considerable, y hay evidencia que vincula la educación humanitaria con beneficios en el rendimiento académico y el desarrollo del alumnado. Pero quien afirme certezas aquí está exagerando.


Lo que enseña sobre nosotros

Hay una última afirmación en el modelo de Rodríguez que es fácil leer como sentimental y no lo es.

La educación moral dirigida a los animales y los hábitats, sostiene, vuelve en forma de paz entre las personas. El razonamiento pasa por un paralelismo: ecológicamente, un sistema sano es uno con una biodiversidad alta, y un sistema en el que una sola especie se expande y elimina a las demás es frágil y enferma. Éticamente, una sociedad justa es la que fomenta y respeta una diversidad de formas de vida, y el sistema totalitario es la expresión extrema de la injusticia. Kant formuló una versión más estrecha de la misma observación — que la crueldad con los animales endurece a una persona en su trato con los demás.

Lo que nos devuelve al punto de partida. Un refugio acoge a algunos individuos, y eso vale la pena por sí mismo. Pero un refugio que además enseña cambia las condiciones que lo llenaron — que es la única manera de que alguno de ellos llegue a ser, algún día, menos necesario.

Un refugio salva a los animales que hay dentro. Un refugio que enseña trabaja sobre las razones por las que llegaron.


Dónde entramos nosotros

Hacemos zapatos, que es algo más pequeño que gestionar un santuario, y no pretenderíamos lo contrario. Lo que ambas cosas tienen en común es la premisa de partida: que un animal es alguien y no algo, y que eso debería cambiar lo que hacemos, no solo lo que sentimos. No usar materiales animales es nuestra manera de actuar en consecuencia. Apoyar los lugares que acogen y enseñan es otra, y una que cualquiera puede ejercer — los santuarios viven de donaciones, voluntariado y visitas, y la mayoría te dirá que las visitas importan tanto como los recursos. Puedes leer más sobre el pensamiento desde el que trabajamos en nuestra página de valores.

Queremos terminar dando las gracias al autor de la fuente principal de este artículo, por el trabajo que nos dejó.

Joan Rodríguez Biosca, 1985–2022

Maestro y activista incansable por los derechos de los animales. Su libro L’ètica, l’educació moral, les educacions científiques, l’educació inclusiva i el museu del segle XXI (2022) reúne sus inquietudes pedagógicas en torno al cuidado de los animales y su convicción de que deben ser reconocidos como seres sintientes. Echamos de menos su vitalidad y su perseverancia.

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